lunes, 17 de octubre de 2016

Comida chatarra para colorear y recortar

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lunes, 10 de octubre de 2016

Las 3 Carabelas de Colón

La Niña 

La Niña fue una de las dos carabelas que usó Cristóbal Colón en su primer viaje al Nuevo Mundo en 1492. La otra carabela era La Pinta. La tercera embarcación, La Santa María, en realidad era una nao o "carraca" y no una carabela. 

Construida en los antiguos astilleros del puerto de la Ribera de Moguer entre 1487 y 1490, en su botadura sobre el río Tinto, la nave recibió el nombre de "Santa Clara" (en honor al Monasterio de Santa Clara de dicha localidad), aunque pasaría a la posteridad con el nombre de sus propietarios, los hermanos Niño. Fabricada con maderas de pino y chaparro, su primitivo velamen latino fue transformado a velas cuadradas en la escala que la flotilla descubridora realizó en las Canarias, y ya en la isla de La Española se le instaló, junto a sus palos de trinquete, mayor y contramesana, un nuevo palo de mesana. Las velas de La Niña carecían de rizos, por lo que no tenían un sistema de cabos que permitiera reducir la superficie en caso de fuerte viento. Las jarcias que sostenían los palos estaban enganchadas en los costados del buque. La carabela carecía de castillo de proa, mientras que el alcázar era bastante pequeño. 

Confiscó dos naves que después fueron desechadas. Finalmente los Pinzón eligieron a La Niña junto con La Pinta por ser muy maniobrable. La costeó el concejo de Palos como le fue ordenado en la real provisión enviada por los monarcas a esta localidad. 

La Niña atravesó el Atlántico en el viaje descubridor capitaneada por Vicente Yáñez Pinzón, con Juan Niño como maestre y pilotada por Sancho Ruiz de Gama. Tras el hundimiento de la carabela Santa María, se convirtió en la nave capitana de la expedición. Al mando de la carabela La Niña iba Cristóbal Colón, y de la carabela La Pinta Martín Alonso Pinzón. 

El día 14 de febrero de 1493 a la altura de las Islas Azores se cruzaron con una fuerte tempestad que estuvo a punto de hacer naufragar las embarcaciones. Con el pasar de las horas la violencia de la tempestad provocó la pérdida de contacto entre las carabelas y la tripulación de La Niña empiezan a temerse lo peor. En ese momento Cristóbal Colón, decidió echar en suerte el peregrinar en romería al Convento de Santa Clara como acción de gracias para superar tan difícil situación (Voto colombino). 

Tras arribar de nuevo al puerto de Palos el 15 de marzo de 1493, se encaminó hacia Moguer, con Cristóbal Colón, los Niño y el resto de la marinería moguereña, algunos indios y papagayos. La gente, alegre, los vio llegar al Convento de Santa Clara donde cumplieron el voto realizado. Encendieron un cirio y estuvieron aquella noche en vigilia. 

El 25 de septiembre del mismo año formó parte de la flotilla del segundo viaje de Colón. Ya en las nuevas tierras, partió como capitana de un viaje de exploración en el que se descubrieron Jamaica y la costa sur de Cuba. 

Nuevas noticias de La Niña, ya por entonces propiedad de la Corona, nos llegan desde el puerto de Haití, donde un ciclón hunde en el verano de 1495 a todos los barcos amarrados a puerto, excepto a esta carabela, que aunque sufrió algunos daños, fue el único navío que no naufragó. 

Esta capacidad de mantenerse a flote fue quizás determinante para que La Niña sirviese de modelo al primer barco construido en América, la carabela Santa Cruz, conocida como La India. Regresa a España con la segunda expedición colombina el 11 de junio de 1496. 

En los años posteriores, la Corona encomienda el gobierno de La Niña a Alonso Medel, quien realiza con la carabela varios viajes comerciales. En el transcurso de una de estas expediciones es capturada por barcos corsarios franceses, algunos de cuyos tripulantes, naturales de El Puerto de Santa María, son sobornados con 30 ducados por Medel, y ayudan al español a escapar de los corsarios. 

El último viaje de La Niña del que tenemos noticia fue una expedición a Haití, después de que el navío fuese reparado y calafateado en Palos, con un coste de 35.000 maravedíes. 

Apenas 35 días después de su partida, La Niña arriba a Haití en uno de los más rápidos viajes trasatlánticos de la historia. 

A partir de ese momento no tenemos noticias fiables de la suerte de La Niña, aunque una mención a una carabela Santa Clara, gobernada por Alonso Prieto en 1508, nos lleva a pensar que la carabela moguereña, una de las naves más famosas de la historia, navegaría todavía unos años más entre el viejo y el nuevo continente que ella ayudó a descubrir. 

La Carabela: La Niña 

barcos 

La Pinta 

La Pinta fue una de las dos carabelas que usó Cristóbal Colón en su primer viaje al Nuevo Mundo en 1492. La otra carabela era La Niña. La tercera embarcación, la Santa María, en realidad era una nao o "carraca" y no una carabela. 

La Pinta había sido construida en los astilleros de Palos pocos años antes del primer viaje. Fue elegida por Martín Alonso Pinzón por sus cualidades náuticas, ya que él mismo la había alquilado anteriormente; la costeó el concejo de Palos. 

Su nombre hizo pensar a algunos historiadores que pertenecía a la familia Pinto, pero en realidad fue alquilada a los armadores Gómez Rascón y Cristóbal Quintero, que fueron en ella a América como marinos, por lo que probablemente su verdadero nombre fuera "La Pintá". Era una carabela nórdica de velas cuadradas con un velamen muy sencillo. Los palos de trinquete y mayor iban aparejados con una vela cuadrada de grandes dimensiones, en tanto que el palo de popa, llamado mesana, portaba una vela latina. 

La Pinta era la más velera de las tres naves colombinas (La Pinta, La Niña y la Santa María) y con frecuencia tenía que esperar a las otras dos durante el histórico viaje, debido también a las dotes del capitán Martín Alonso Pinzón. El 8 de octubre, en lucha por llegar los primeros a descubrir las nuevas tierras, alcanzó una velocidad de 15 millas por hora, una milla de la época equivale a 0,8 millas náuticas actuales, por lo que su velocidad sería de unas 12 millas por hora, superior a la que puede alcanzar hoy un mercante de vapor medio. 

Con motivo del quinto centenario del descubrimiento de América se construyó en Isla Cristina una réplica que repetiría, junto con las réplicas de la Niña y la Santa María, el itinerario del viaje original, fue botada el 8 de agosto de 1989 en el puerto de Isla Cristina en un acto presidido por la infanta Cristina. 

La Carabela: La Pinta 

cristobal colon 

La Santa María 

La Santa María fue la única nao y la más grande de las tres embarcaciones empleadas por Cristóbal Colón en su primer viaje al Nuevo Mundo en 1492. Fue uno de los tres primeros barcos del mundo en atravesar el océano atlántico y en verificar parcialmente la redondez de la tierra. Los otros barcos de la expedición eran dos carabelas: La Niña y La Pinta. 

La Santa María fue la "nao", capitana durante la expedición. Su propietario era Juan de la Cosa. El 25 de diciembre de 1492, la nave encalló en la costa noroeste de la actual República Dominicana, quedando inservible o zozobrada y sus maderas se usaron para construir un fortín con empalizada que fue llamado "Fuerte Navidad". 

La Santa María tenía 36 metros de eslora y tres mástiles. Era el barco de mayor desplazamiento de los tres de la expedición. 

La Nao: Santa María 

12 de octubre

jueves, 6 de octubre de 2016

Los Reyes Católicos. Fernando V. de Castilla (1479 -1516)

Fernando V 
     Fernando V de Castilla y II de Aragón, también llamado el Católico, nació el 10 de mayo de 1452 en Sos, Zaragoza. Hijo de Juan II de Aragón y de Juana Enríquez, fue  Fernando V de Castilla y II de Aragón, también llamado el Católico, nació el 10 de mayo de 1452 en Sos, Zaragoza. Hijo de Juan II de Aragón y de Juana Enríquez, fue proclamado rey de Sicilia (1468), rey de Aragón (1479-1516) y de Castilla (1474-1504).
     Rey prudente y sensato, aventajó a sus contemporáneos en visión política. Se casó con Isabel de Castilla, lo que provocó una guerra civil en Castilla entre los partidarios de Isabel y los de Juana la Beltraneja. Acabada la contienda en 1479, reinaron conjuntamente Isabel y Fernando, «los Reyes Católicos», quienes conquistaron el último reducto musulmán en la Península Ibérica con la toma de Granada en 1492.
     Fernando colaboró de una forma activa con Isabel en todos los asuntos referentes a Castilla, además de los de Aragón y la política exterior. Ambos trabajaron juntos para unificar sus dominios y fomentar su desarrollo. En 1476 organizaron la Santa Hermandad, una institución que tenía su propia milicia, dedicada a proteger la población rural de los bandoleros y guardar el orden en los despoblados. En 1480 crearon la Inquisición, organismo cuyo origen se remonta al siglo XI, para imponer la unidad religiosa y reprimir cualquier disidencia.
     Durante el reinado se restableció la paz en el campo catalán y se promovió el desarrollo de la economía castellana introduciendo los consulados y los gremios. Fernando apoyó el programa religioso de la reina por medio del espíritu de «cruzada» y el exclusivismo religioso; prueba de ello es la conversión forzosa de los moriscos granadinos y la expulsión de los judíos en 1492.
     En 1492, Cristóbal Colón, un navegante genovés con nuevas teorías geográficas, se presentó a los Reyes Católicos, pidiéndoles apoyo económico para navegar hacia las Indias por Occidente. Fernando e Isabel ayudaron a Colón en la empresa que culminaría con el descubrimiento de un «Nuevo Mundo» que permitió la expansión extraeuropea de la Corona española. Al año siguiente, Fernando consiguió su primer logro diplomático, al recuperar el Rosellón y la Cerdeña. Organizó la Liga Santa en 1495 para oponerse al intento francés de ocupar Nápoles. Fernando envió a Gonzalo de Córdoba para negociar con el rey de Francia y ambos soberanos terminaron repartiéndose el reino de Nápoles. Constituyeron una liga con Milán, Génova y el papa Alejandro VI para combatir a los franceses, a quienes vencieron en la batalla de Gaeta en 1504, con lo que Nápoles quedó fuera del dominio de Francia.
     La política matrimonial de los Reyes Católicos permitió que Castilla se integrara en Europa, aislando a Francia; en este contexto, tuvieron lugar los matrimonios de su hija Isabel con Alfonso de Portugal y, tras su muerte, con Manuel el Afortunado; de María de Aragón, con don Manuel cuando éste enviudó; de Juan con Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano I y María de Borgoña;, de Juana con Felipe de Austria, también hijo del emperador; y de Catalina con Enrique VIII de Inglaterra.
Fernando V     Cuando la reina murió en 1504, dejó a Fernando la regencia de Castilla, aunque el trono correspondía a la hija de ambos, Juana; su marido, Felipe el Hermoso, reclamó la regencia que Fernando dio en 1506.
     Fernando, al enviudar, se casó con Germana de Foix, de cuyo matrimonio nació un hijo que murió prematuramente. Con la muerte en 1507 murió de su yerno Felipe, Juana perdió la razón, por lo que Fernando tuvo que retomar de nuevo la regencia.
     Fernando envió una expedición en 1509, organizada por el cardenal Jiménez de Cisneros, inquisidor general, que conquistó Orán, Bujía y Trípoli. Un año después, en 1510, la Santa Sede le concedió el reino de Nápoles y en 1511 participó con el papa Julio II y Enrique VIII de Inglaterra en la Liga Santa contra Francia. Después, en 1512, conquistó el reino de Navarra y lo agregó al de Castilla.
     Fernando V murió el 23 de enero de 1516 en Madrigalejo (Cáceres), sustituyéndole en el Trono su nieto Carlos, el futuro emperador.
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Biografia de Cristóbal Colón

Pocas figuras históricas han sido tan controvertidas y ofrecido tantos rasgos ambiguos como la del navegante que llamamos Cristóbal Colón, pese a que no nació con ese nombre. Es reconocido como «el descubridor de América», aunque él nunca lo supo y, desde un punto de vista estricto, no lo haya sido cabalmente. Su verdadera identidad, su lugar de nacimiento, su origen nobiliario o plebeyo, sus estudios o ignorancias, sus aventuras de juventud, sus ambiciones o mezquindades y sus conocimientos ciertos o delirios afortunados se han prestado a numerosas disquisiciones y debates entre biógrafos e historiadores.

Cristóbal Colón (retrato de Rafael Tejedo, 1828)
En lo que hace a su persona, los trabajos reunidos en la Raccolta Colombiana(Italia, 1892-1896), el Documento Aseretto (hallado unos años después), las investigaciones de los eruditos españoles Muñoz y Fernández Navarrete y el más reciente Diplomatorio Colombino dan cuenta, definitivamente, de su origen genovés y humilde, y permiten reconstrui border: 0px; box-sizing: border-box; color: #333333; font-family: Verdana, Arial, sans-serif; font-size: 15px; line-height: 21px; margin-bottom: 15px; margin-top: 15px; padding: 0px; text-align: justify; vertical-align: baseline;"> Respecto a la importancia de su hazaña cabe señalar que fue sorprendente en lo geográfico y oportuna en lo político, pero no tan novedosa en lo científico como se suele afirmar. La ciencia de fines del siglo XV ya aceptaba que la Tierra era un globo esférico, sabía que teóricamente se podía llegar a las antípodas navegando hacia el oeste, conocía la existencia de islas y tierras septentrionales exploradas por vikingos y daneses, y suponía que quien intentara arribar a las Indias por el poniente podía tropezar en su camino con alguna «terra incógnita».
Desde la Edad Media existían especulaciones y leyendas sobre los límites del Mar Tenebroso. El irlandés San Brandán habló ya de un gran continente y de «una inmensa isla con siete ciudades», e historias parecidas se registran en las tradiciones gaélicas, celtas e islandesas, mientras que los árabes peninsulares mencionan la expedición de los magrurinos, que zarparon de Lisboa y «después de navegar once días en dirección al oeste y veinticuatro días hacia el sur» llegaron a unas tierras donde pastaban ovejas de carne amarga.
Ya en siglo XIV, el veneciano Niccolò Zeno dibujó un mapa en el que se definían claramente Groenlandia y las costas de Terranova y Nueva Escocia. Y unos años antes el cardenal Pierre d'Ailly, en su obra Imago Mundi, desarrolló con toda amplitud la idea de llegar a los dominios del Gran Kan (descritos por Marco Polo) tras una travesía relativamente breve hacia el oeste. El propio Colón estaba absolutamente convencido de que hallaría tierra firme «unas setecientas leguas más allá de las Canarias».

Cristóbal Colón (supuesto retrato de Sebastiano del Piombo, 1519)
El proyecto no era nuevo; en realidad, era incluso popular entre cartógrafos y navegantes como posible alternativa a la larga ruta de las especias. Tanto, que uno de los mayores temores de Colón era que otro se le adelantara en cruzar el Atlántico. Pero lo que ni él ni los sabios o los marinos de ese tiempo podían imaginar era la inmensa extensión de la «terra incógnita», ni la inesperada vastedad del Pacífico. Ése fue el verdadero descubrimiento científico que se inició aquel día de 1492: no sólo apareció un «Nuevo Mundo», sino que el antiguo globo terráqueo se expandió a casi el doble del tamaño que se le suponía.
Un joven aventurero
El estudio comparado de diversas documentaciones permite asegurar que el futuro navegante nació en Génova y que tal hecho debió de ocurrir entre el 25 de agosto y el 31 de octubre del año 1451. Se le dio el nombre de Cristóforo, y fue el primer hijo del matrimonio formado unos cinco años antes por Doménico Colombo y Susana Fontanarossa. La familia estaba asentada en la Liguria desde por lo menos un siglo atrás, aunque sus miembros siempre fueron campesinos o artesanos sin medios de fortuna. El propio Doménico parece haberse trasladado desde Quinto a Génova alrededor de 1429 para aprender el oficio de tejedor. Los Colombo tuvieron otros tres hijos y una hija, Bianchinetta. Dos de estos hermanos Colombo habrían de jugar un papel preponderante y continuo en las aventuras y desventuras del primogénito: Bartolomé y Giacomo. Al segundo de ellos se le llamaría Diego en España.
Apenas tenía Cristóforo edad suficiente cuando ayudaba ya a su padre en sus sucesivos trabajos como quesero y tabernero, o lo acompañaba en viajes de negocios a Quinto o Savona. Era un chico despierto e inquieto, pero no consta que hubiera seguido ningún tipo de estudios. Lo que verdaderamente le atraía era el puerto, los relatos de marineros, las naves que llegaban de tierras lejanas. Génova era un importante centro del comercio marítimo y no le costaba mucho al joven Colombo enrolarse en los barcos de las grandes compañías navieras de la ciudad, que realizaban diversos itinerarios mercantiles por el Mediterráneo. Así aprendió, en la práctica sobre cubierta, el oficio del mar. Hablaba con los pilotos de vientos y corrientes, leía las cartas marinas y ensayaba el uso de los instrumentos náuticos. A los veinte años era ya un buen marinero.

Las carabelas de Colón
Tras su probable alistamiento en una expedición de la armada ligur a la isla griega de Quíos, que formaba parte de los dominios genoveses, en 1476 Cristóforo se embarcó en una flotilla comercial con destino a Flandes. Pero, a poco de atravesar el estrecho de Gibraltar, un suceso providencial cambiaría la vida del joven Colombo. Era el momento en que portugueses y franceses apoyaban a Juana la Beltraneja en la lucha por la sucesión de Castilla, y navíos de guerra galos atacaron sin mayor razón que el bucanerismo al convoy genovés.
Hundida su nave, Cristóforo alcanzó a nado la costa lusitana. Poco después se encontraba instalado en Lisboa, como agente de la importante casa naviera Centurione, armadora de la flotilla atacada. Allí cambió su nombre por Cristóbal y su apellido por Colomo o Colom, mientras se le reunía su hermano Bartolomé, también marino e interesado en la cartografía.
Cuenta la tradición que los Colomo llevaban una vida aposentada y tranquila, y que el mayor acostumbraba oír misa en el convento de Santos. Allí se fijó en una de las pupilas, Felipa Moniz Palestrello, joven hermosa y de familia importante. La madre, Isabel Moniz, era de noble linaje, emparentado con el de Braganza; el padre, Diego Palestrello, también genovés, estaba estrechamente relacionado con las empresas náuticas de la corona portuguesa y era a la sazón gobernador de la isla de Porto Santo, en el archipiélago de Madeira. Cristóbal pidió y obtuvo la mano de Felipa en 1477, y un año después nació un hijo al que bautizaron como Diego.
Bajo la influencia de su suegro, Colón se interesó cada vez más en los aspectos geográficos y científicos de la navegación, apartándose de su faceta meramente comercial. En esto pudo pesar también su temprana viudez (Felipa murió un año después de dar a luz) y sus desavenencias con la casa Centurione, a la que puso el prolongado pleito parcialmente reflejado en el Documento Aseretto.
El gran proyecto
A partir de ese momento, Cristóbal Colón comenzó a soñar y diseñar el ambicioso y desmesurado proyecto que habría de obsesionarlo toda su vida: descubrir una ruta más corta y segura a las Indias, navegando hacia occidente. Ya se ha dicho que la idea teórica estaba bastante difundida y se han citado antecedentes más o menos legendarios, a los que hay que agregar los que el propio navegante pudo recoger en sus estancias en Porto Santo y la atmósfera de «expansión oceánica» que se respiraba en Portugal a partir de los descubrimientos y exploraciones de los archipiélagos atlánticos y las costas de África.
Pero es probable que el factor desencadenante fuese una carta que el sabio florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli había dirigido al canónigo lusitano Fernando Martins para que interesara al rey de Portugal en sus ideas. El documento -o una copia de éste- llegó a manos de Cristóbal Colón, quizá por mediación de Diego Palestrello. La teoría del humanista de Florencia resume los conocimientos de la época sobre el globo terráqueo, que acertaban en su forma esférica y erraban en el cálculo de sus dimensiones, adjudicando sólo 125 grados a la distancia que separaba Canarias de Asia.

El primer viaje de Colón
Cristóbal Colón asumió la idea, la transformó en proyecto expedicionario y la elevó al rey Juan II. El monarca portugués puso como condición que no se zarpase desde las Canarias, pues en caso de que el viaje tuviera éxito, la Corona de Castilla podría reclamar las tierras conquistadas en virtud del Tratado de Alcaçovas. A Colón, que sólo confiaba en los cálculos que había trazado desde las Canarias, le pareció demasiado arriesgado partir de Madeira, de modo que no hubo acuerdo. Hay quien dice que el monarca recelaba de aquel extranjero sin títulos ni estudios, y envió en secreto otra expedición que terminó en fracaso. Resentido por este engaño, o más probablemente a causa de sus apuros económicos y la ilusión de encontrar otro protector, Cristóbal abandonó Lisboa junto a su hijo Diego y su hermano Bartolomé. Bordearon la península con la intención de dejar al pequeño Diego a cargo de su tía materna Violante Moniz, que vivía en Huelva.
En el camino se detuvieron en el cercano convento franciscano de La Rábida, donde se alojaron como albergados. El padre guardián, fray Juan Pérez, que había sido confesor de la reina, se entusiasmó con el proyecto del extranjero que se hacía llamar Xrobal Colón (XR era en la época el anagrama de Cristo), e interesó en él a su erudito cofrade fray Antonio de Marchena, experto en astronomía y cosmografía. Ambos frailes le dieron recomendaciones para el duque de Medinaceli, quien se apasionó por la idea y retuvo a Colón durante más de un año, con el propósito de preparar la expedición. Pero los Reyes Católicos desautorizaron tal proyecto, y todo lo que pudo hacer el duque fue enviarles al navegante a su corte de Córdoba.
Una vez más, en 1486, un consejo de sabios reunido en Salamanca desaconsejó la empresa, quizá porque ya poseían indicios de lo extenso y arduo de la travesía. Pero la reina Isabel la Católica, pese a estar enzarzada en la guerra de Granada, no descartó del todo la idea de llevar a las Indias el pabellón de Castilla; otorgó una pensión al navegante y le rogó que permaneciera en Córdoba. Cristóbal se instaló en un mesón, donde entabló relación con la joven Beatriz Enríquez, veinte años menor que él. De esa unión nació en 1488 un hijo, Hernando Colón, que sería el primer biógrafo del Almirante y el principal responsable de los ocultamientos y ambigüedades que durante siglos envolverían a su figura.

Cristóbal Colón y su hijo Diego en el convento de La Rábida (óleo de Giustiniano Degli Avancini, 1834)
Ultimada la conquista de Granada, los Reyes Católicos recibieron con mejor talante a Colón. Pero las pretensiones del extranjero resultaban desmesuradas: el almirantazgo de la Mar Océana, el virreinato hereditario de las tierras que encontrara y una parte importante de todas las riquezas que él o sus hombres obtuvieran por conquista o por comercio. El rey Fernando el Católico le hizo notar su exceso; la reina Isabel, en cambio, le despidió con vagas promesas. Colón, harto de su deambular ibérico, resolvió llevar su proyecto ante el rey de Francia.
Los frailes de La Rábida consiguieron disuadirlo y, con la colaboración de los cortesanos Luis de Santángel y Juan de Coloma, convencieron a los monarcas católicos de avenirse al llamado Protocolo de Santa Fe, que en 1492 concedió al Almirante los títulos y prebendas que exigía, aunque sólo el diez por ciento de los eventuales beneficios. Pero los exhaustos tesoros reales no aportaron un solo maravedí para financiar la expedición; pese a lo que diga la leyenda, las joyas de la reina ya habían sido pignoradas a los usureros valencianos. Con ellos tuvo relación Santángel, a quien se debió la brillante idea de hipotecar el arrendamiento de los derechos genoveses al puerto de Valencia, baza que tomó, por mediación del propio Cristóbal Colón, el rico banquero ligur Juanoto Berardi. Resuelto el problema financiero, sólo faltaba hallar los barcos y las tripulaciones.
El descubrimiento de América
Tuvo entonces Colón otro encuentro providencial: Martín Alonso Pinzón, acaudalado armador, viejo lobo de mar y próspero mercader de Huelva, que se apasionó por el proyecto colombino. Gracias al prestigio de Pinzón, los recelosos marinos onubenses aceptaron enrolarse en la extraña empresa, y los armadores Pinto y Niño accedieron a desprenderse de sendas carabelas que serían bautizadas con sus nombres. Martín Alonso y su hermano Vicente Yáñez Pinzón pilotarían esas naves, mientras que el Almirante escogió una nao cantábrica anclada en el puerto de Palos, llamada Marigalante. Su armador, el cartógrafo Juan de la Cosa, ofreció incorporarse a la expedición como maestre, y la nave capitana fue rebautizada como Santa María. Restaba aún comprar aparejos y provisiones. Los hermanos Pinzón y sus amistades reunieron el dinero faltante, y todo quedó listo para hacerse a la mar.

Salida del puerto de Palos
La expedición partió del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492. Pese a la oposición de Martín Alonso y las dudas de Juan de la Cosa, Colón insistió obcecadamente en mantener el derrotero que marcaba el grado 28 de latitud, que pasaba por la isla de Hierro. Por fortuna, intuición o saberes que el Almirante no reveló, ese rumbo se mostraba muy favorable para avanzar sin zozobra hacia el poniente. Y la pequeña escuadra se internó en el enigma del «Mar Tenebroso».
Pero pasaron más de dos meses sin avistar tierra y se produjeron conatos de rebelión, reducidos gracias a la autoridad indiscutida de Pinzón. Fue también el veterano piloto quien finalmente convenció a Cristóbal Colón de torcer el rumbo al sudoeste. Pronto comenzaron a ver ramas flotantes, pájaros y otros signos inequívocos de que se acercaban a una costa. Debe decirse que, si hubieran seguido el derrotero del paralelo 28, habrían llegado a la Florida, y quizá la historia de América hubiese sido otra.
En la noche del 11 al 12 de octubre de 1492, el marinero Juan Rodríguez Bermejo, apodado el Trianero, dio el grito de «¡Tierra!» desde la cofa de La Pinta. Al amanecer desembarcaron en una isla (Guanahaní o Watling, en las Bahamas), a la que Colón dio el nombre de San Salvador. Convencido de encontrarse en los dominios del Gran Kan, el navegante recorrió el archipiélago en busca de riquezas. Pero sólo hallaron forestas tropicales y nativos desnudos. Luego de tocar la isla de Juana (Cuba), la Santa María encalló irremisiblemente en la costa de La Española (actual isla de Santo Domingo).

Primer desembarco de Cristóbal Colón en América (Dióscoro Teófilo Puebla, c. 1862)
Colón decidió aprovechar los restos de la nave para construir un precario fuerte, que llamó La Navidad por ser 25 de diciembre. Quedaron allí unos pocos voluntarios; el resto de la expedición emprendió el regreso el 4 de enero de 1493. El Almirante capitaneaba La Niña y ordenó gobernar al norte, rumbo aparentemente erróneo. Pero una vez más acertó, pues la corriente del golfo lo enfiló sin dificultad hacia la península, mientras La Pinta de Martín Alonso Pinzón era desviada por un temporal. Arribaron el uno a Lisboa y el otro a Bayona (Galicia). Y en tanto Colón rechazaba las ofertas de Juan II de Portugal para apropiarse del descubrimiento, Martín Alonso Pinzón, enfermo, moría poco después.
Los Reyes Católicos recibieron a Cristóbal Colón en Barcelona con gran pompa y ceremonia, sin dejarse convencer por las intrigas que ya se tejían contra él. Le confirmaron sus títulos y privilegios y por real cédula adicionaron un castillo y un león a su escudo de armas. Pero el Almirante sólo pensaba en regresar a las Indias, y esta vez con gran despliegue náutico.
El 25 de septiembre de 1493 zarpó de Cádiz al frente de una poderosa flota de mil quinientos tripulantes, con capitanes como Ponce de León, Pedro de Margarit o Bernal Díaz, eclesiásticos, cartógrafos y el hidalgo conquense Alonso de Ojeda, que llegaría a ser paradigma del conquistador temerario. Este segundo viaje duró más de dos años y en él se exploraron las Pequeñas Antillas y las islas de Puerto Rico y Jamaica, además de bordear las costas de Cuba. El antiguo fuerte de La Navidad había sido arrasado por los indios, y Colón fundó un nuevo enclave que denominó La Isabela. Dejó allí como adelantado y gobernador a su hermano Bartolomé Colón, no sin antes reprimir duramente a los nativos con la ayuda de Ojeda. En el ínterin habían llegado a la península noticias, quizás interesadamente exageradas, sobre las arbitrariedades del Almirante y las matanzas de indígenas. Lo cierto es que Colón resultó tan torpe gobernante en tierra como insigne nauta en el mar.

Cristóbal Colón ante los Reyes Católicos (Juan Cordero, 1850)
Pero los reyes, por el momento, mantuvieron su confianza y autorizaron un nuevo viaje «para enmendar los yerros» que pudiera haber cometido. Seis carabelas partieron de Sanlúcar de Barrameda el 30 de mayo de 1498, tripuladas en su mayor parte por penados: tanto era el temor y la desconfianza que ya inspiraban las historias de mucho riesgo y poco beneficio que llegaban de las nuevas tierras. Esta tercera expedición fue la que llegó más al sur, circundando la isla Trinidad y avistando la desembocadura del Orinoco, en la actual Venezuela. Pero a Colón le acuciaba volver a La Española, tras una ausencia de treinta meses. Encontró allí un verdadero caos. El corregidor Francisco Roldán, apoyado por ex reclusos y caciques inamistosos, se había sublevado contra sus hermanos Bartolomé y Diego Colón, mientras las fuerzas regulares permanecían neutrales.
Incapaz de dominar la situación, el Almirante reclamó auxilio a la corona, reconociendo tácitamente sus desaciertos como virrey. Meses más tarde, tras nuevas bravatas de Roldán y excesos de los Colón, arribó el comisario real,Francisco de Bobadilla. Éste mandó apresar a los tres hermanos, que al llegar a la península permanecieron encarcelados en Cádiz. La historiografía actual entiende que la actuación de Bobadilla fue correcta, dadas las circunstancias. No obstante, los reyes ordenaron liberar a los detenidos, aunque privaron provisionalmente a Cristóbal Colón de la gobernación del Nuevo Mundo.
Tanto porfiaba el Almirante en volver que finalmente se le permitió embarcar, aunque con expresa prohibición de acercarse a La Española. En este cuarto y último viaje tocó las costas de Centroamérica (Panamá, Costa Rica, Nicaragua). Regresó cansado y enfermo para afincarse en Valladolid, donde (contra otro mito muy difundido) disfrutó de muy buenas rentas hasta que le sorprendió la muerte el 20 de mayo de 1506. Inicialmente fue enterrado en Sevilla; años después, su hijoDiego Colón trasladó sus restos a La Española (Santo Domingo), de la que era gobernador.
Biografias y Vidas

Cristóbal Colón

(Cristóforo Colombo; Génova?, 1451 - Valladolid, 1506) Descubridor de América. El origen de este navegante, probablemente italiano, está envuelto en el misterio por obra de él mismo y de su primer biógrafo, su hijo Hernando Colón. Parece ser que Cristóbal Colón empezó como artesano y comerciante modesto y que tomó contacto con el mar a través de la navegación de cabotaje con fines mercantiles.

Cristóbal Colón
En 1476 naufragó la flota genovesa en la que viajaba, al ser atacada por corsarios franceses cerca del cabo de San Vicente (Portugal); desde entonces Colón se estableció en Lisboa como agente comercial de la casa Centurione, para la que realizó viajes a Madeira, Guinea, Inglaterra e incluso Islandia (1477).
Luego se dedicó a hacer mapas y a adquirir una formación autodidacta: aprendió las lenguas clásicas, que le permitieron leer los tratados geográficos antiguos (teniendo así conocimiento de la esfericidad de la Tierra, defendida por Aristóteles o Tolomeo y comúnmente aceptada entre los estudiosos del siglo XV), y empezó a tomar contacto con los grandes geógrafos de la época (como el florentinoToscanelli).
Una idea audaz y equivocada
De unos y otros llegó a Cristóbal Colón la idea de que, siendo la Tierra esférica, la costa oriental de Asia podría alcanzarse fácilmente navegando hacia el oeste. Una serie de cálculos erróneos le habían hecho subestimar el perímetro terrestre y le llevaron a suponer, en consecuencia, que Japón se hallaba a 2.400 millas marinas de Canarias, distancia que, en realidad, es la que separa las Antillas del archipiélago canario.
Por otra parte, algunos marineros portugueses versados en la navegación atlántica le informaron seguramente de la existencia de islas que permitirían hacer escala en la navegación transoceánica; e incluso es posible que, como aseguran teorías menos contrastadas, tuviera noticia de la existencia de tierras por explorar al otro lado del Océano, procedentes de marinos portugueses o nórdicos (o de los papeles de su propio suegro, colonizador de Madeira). En cualquier caso, hacia 1480 Colón estaba decidido a acometer la empresa de abrir una ruta naval hacia Asia por el oeste, basado en la acertada hipótesis de que la Tierra era redonda, y en el doble error de suponerla más pequeña de lo que es y de ignorar la existencia del continente americano, que se interponía en la ruta proyectada.
El interés económico del proyecto era indudable en aquella época, ya que el comercio europeo con Extremo Oriente, basado en la importación de especias y productos de lujo, era extremadamente lucrativo; dicho comercio se realizaba por tierra a través de Oriente Medio, controlado por los árabes. Los portugueses llevaban años intentando abrir una ruta marítima a la India bordeando la costa africana, empresa que culminaría Vasco Da Gama en 1498.
El descubrimiento de América
Colón ofreció su proyecto al rey Juan II de Portugal, quien lo sometió al examen de un comité de expertos. Aunque terminó rechazando la propuesta, el monarca portugués puso previamente como condición que no se zarpase desde las Canarias, pues, en caso de que el viaje tuviera éxito, la Corona de Castilla podría reclamar las tierras conquistadas en virtud del Tratado de Alcaçobas. Colón encontró demasiado arriesgado partir de Madeira (sólo confiaba en los cálculos que había trazado desde las Canarias) y probó suerte en España con el duque de Medina Sidonia y con los Reyes Católicos, que rechazaron su propuesta por considerarla inviable y por las desmedidas pretensiones de Colón.
Finalmente, la reina Isabel la Católica aprobó el proyecto de Colón por mediación del tesorero del rey, Luis de Santángel, a raíz de la toma de Granada, que ponía fin a la reconquista cristiana de la Península frente al Islam (1492). La reina firmó las llamadas Capitulaciones de Santa Fe, por las que concedía a Colón una serie de privilegios como contrapartida a su arriesgada empresa. Obtenida la financiación necesaria, y contando con la inestimable ayuda de Martín Alonso Pinzón, Colón armó una flotilla de tres carabelas (la Pinta, la Niña y la Santa María) con las que partió del puerto de Palos (Huelva) el 3 de agosto de 1492.

El descubrimiento de América (cuadro de Dióscoro Puebla, c. 1862)
Colón navegó hasta Canarias y luego hacia el oeste, alcanzando la isla de Guanahaní (San Salvador, en las Bahamas) el 12 de octubre de 1492. Por primera vez (si se prescinde de la gesta sin consecuencias de los vikingos) un grupo de europeos pisaba tierras americanas, aunque ni Colón ni sus tripulantes eran conscientes de ello. En aquel viaje descubrió también Cuba y La Española (Santo Domingo), e incluso construyó allí un primer establecimiento español con los restos del naufragio de la Santa María (el fuerte La Navidad). Persuadido de que había alcanzado las costas asiáticas, regresó a España con las dos naves restantes en 1493.
Colón realizó tres viajes más para continuar la exploración de aquellas tierras. En el segundo (1493-1496) tocó Cuba, Jamaica y Puerto Rico y fundó la ciudad de La Isabela; pero hubo de regresar a España para hacer frente a las acusaciones surgidas del descontento por su forma de gobernar La Española. En el tercer viaje (1498-1500) descubrió Trinidad y tocó tierra firme en la desembocadura del Orinoco; pero la sublevación de los colonos de La Española forzó su destitución como gobernador y su envío como prisionero a España.
Tras ser juzgado y rehabilitado, se revisaron sus privilegios (quedando excluido el poder virreinal) y emprendió un cuarto viaje (1502) con prohibición de acercarse a La Española; recorrió la costa centroamericana de Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Regresó a España en 1504 y pasó el resto de su vida intentando conseguir mercedes reales para sí mismo y para sus descendientes, pues el reyFernando el Católico intentaba recortar los privilegios concedidos ante las proporciones que iba tomando el descubrimiento y la inconveniencia de dejar a un advenedizo como único señor de las Indias.
Colón había descubierto América fortuitamente como consecuencia de su intuición y de su fuerza de voluntad. Aunque fracasó en su idea original de abrir una nueva ruta comercial entre Europa y Asia, abrió algo más importante: un «Nuevo Mundo» que, en los años siguientes, sería explorado por navegantes, misioneros y soldados de España y Portugal, incorporando un vasto territorio a la civilización occidental y modificando profundamente las condiciones políticas y económicas del Viejo Continente.
De Américo Vespucio procede el sonoro nombre con que se bautizó al Nuevo Mundo; no es extraño que una etimología popular (falsa porque Colón es una castellanización de su apellido italiano) hiciese derivar del nombre del descubridor términos nada prestigiosos, como colonialismo o colonizarEl descubrimiento de América fue, en efecto, el pistoletazo de salida de la colonización europea del continente, empresa en la que se dieron cita el heroísmo y la barbarie, el propósito evangelizador y la explotación o exterminio de los indígenas, el ideal imperial y la sed de oro y poder.
Pioneros de este proceso, que ocuparía todo el siglo XVI y al que pronto se sumarían otras potencias europeas, fueron los llamados conquistadores, comoHernán Cortés (México), Francisco Pizarro y Diego de Almagro (Perú) o Pedro de Valdivia (Chile), entre otros muchos. Aunque los vikingos habían llegado a América del Norte unos quinientos años antes (expedición de Leif Ericson), no habían dejado establecimientos permanentes ni habían hecho circular la noticia del descubrimiento, quedando éste, por tanto, sin consecuencias hasta tiempos de Colón.
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